Mi nombre es Valérie Tasso. Un nombre de guerra, como el de todos los que tenemos nombre. Fui engendrada el 23 de Mayo de 1968 entre adoquines y restricciones de leche en la Francia del General de Gaulle. Tuve una infancia de la que conservo demasiados recuerdos. Viví una vida de libertina desde que tuve conciencia de que podía serlo, más o menos cuando los demás manifiestan concienzudamente su conciencia. Buena estudiante, me licencio, me vuelvo a licenciar y me doctoro. Llego a España con 5.000 pesetas, 20 y pocos, tres pares de bragas y varias apostasías. Y vivo, aunque, en ocasiones, decir eso sería exagerado. En el 2003 publico “Diario de una ninfómana”, que se me escapa de las manos y en el 2008, dos libros mediante, y la Gracia de la Providencia, en medio, “Antimanual de sexo”. Se me suele ver andando en las plazas públicas, subida al cajón en las nuevas ágoras mediáticas en la que las piedras han sido sustituidas por tubos catódicos y cuadraturas de plasma y agitándome en los foros de un Imperio que fue vencido por el Espectáculo. Me gusta que me gusten las cosas, el café caliente y repleto de cafeína, la horizontal y el silencio que precede al estruendo. Detesto, a cambio, mi inabarcable capacidad para detestar. Y ahora, si se me permite, voy a seguir pintándome las uñas.
Por: Valérie Tasso
Ulises tardó mucho en regresar. Su esposa, rodeada de pretendientes que daban al héroe de Troya por muerto, urdió una estrategia con un tapiz. Así, ante la creciente presión a la que estaba sometida por sustituir a Ulises, proclamó que cuando concluyera lo que estaba tejiendo, optaría entre uno de los pretendientes. De día, a la vista de todos, Penélope, la amante esposa de Ulises, tejía sin parar, mientras de noche destejía lo tejido. Así estuvo Penélope, infatigablemente tejiendo y destejiendo los veinte años que Ulises tardó en regresar.
Penélope, la reina de Ítaca, pertenece a ese grupo de mujeres estrategas, pacientes en la resolución de sus planes, con un objetivo muy claro. Mujeres que saben que la vida no es más que una trama y una urdimbre en la que sólo hay que saber qué hilo pasar, como hacían y siguen haciendo las "moiras" griegas, las hilanderas, con todos nuestros destinos. En la resistente heroína griega, el tapiz fue la propia estrategia y el tapiz fue su propio destino.
De esta estirpe de las mujeres tejedoras que aprendieron bien la lección de las parcas intuyo que es Penélope Cruz. Seres en que cada puntada, cada decisión, cada hilo que pasan, forma parte del vestido de su propia vida. Para algunos mortales (la mayoría sólo somos recolectores) pueden resultar seres especulativos, intrigantes, interesados, sólo porque, en ocasiones los mortales no pasamos de ser para ellas, en el tapiz de estas tejedoras, más que hilos de colores. Sin embargo, yo siento cierta simpatía por algunas de ellas...especialmente por las pacientes.
La de Penélope ha sido una carrera de larga distancia, de esas en las que no hay nunca que olvidar que un paso va después de otro. Una de esas carreras en las que el talento para encontrar el lado más corto de la pista se complementa con la inigualable resistencia física que sólo posee el maratoniano.
Profesionalmente, en su labor de actriz (una "tapadera" pues ella en verdad es, como decimos, "tejedora") siempre tiendo a valorar mucho más los papeles en los que ella interpreta a una chica de Alcobendas con un pelín de ordinariez, entre folklórica y glamorosa, que defiende su condición ganada con un posado un tanto irreverente y borde. Su físico se adapta perfectamente a ello; es la bella de la escalera. La del quinto primera, la que compra en la pescadería de la señora Rosita. Cercana, terrenal y cotidiana, es la que vemos subir por la escalera y saludamos con un "¿Qué tal?" mientras apretamos el botón del ascensor e intentamos mirar, cuando ha llegado al rellano, por debajo de la falda.

Allá en los "hollywood" de los Ángeles de California, nuestra vecina ha sabido seguir pacientemente tejiendo; sus curvas se han suavizado, sus maneras se han refinado y sus amores, como sinceros peldaños, se han cosido en hilos dorados de Flandes y se han impreso en papel satinado.
Recatada, aunque no lo parezca, su desnudo es esquivo, hay una cierta repulsión por su parte a mostrarlo, las que tejen lo saben bien; puede verse el tejido, pero nunca las puntadas. Una tejedora desnuda, sin vestido, es como un automovilista sin vehículo o un orador mudo, sin palabras. Es por ello que sus "globos de oro" y sus glúteos de Goya quedan reservados en espera de que llegue Ulises, que allá en el ultramar de los cómicos lo llaman Óscar, y se lleve, con el arco que sólo sabe él tensar, a todos los indignos pretendientes que sólo le ayudaron a saber esperar y a tejer.
Homero no nos cuenta qué sucedió después de la Odisea entre Ulises, Penélope, Telémaco y el perro Argos, pero a buen seguro Penélope, Ulises en mano, siguió tejiendo...
668 comentarios 27/01/2009 09:32
Por: Valérie Tasso
¡Ay, Eva!... Imaginen ustedes el escenario; un paraíso, un tipo de nombre Adán con una hoja de parra cubriéndole la vanguardia y la retaguardia y una joven de cabellos dorados, que se ha puesto encima lo que ha quedado de la parra, y que insiste (la obstinación femenina siempre ha sido una maldición) en que se coman una manzanita a dos manos. Y Eva que va, cegada por la seducción de la bicha, y le hinca el diente a la reineta y después lo hace su maromo, Adán. Y venga, el del triángulo que se enfada y todos, parejita, castidad, bicha y parra a tomar viento...
La lectura de la parábola es sencilla; la mujer, ser voluble y manejable, cae vencida a la tentación del diablo y como su única virtud es perturbar el justo raciocinio del hombre, le seduce para que juntos desobedezcan la "justa" prohibición del "buen" Dios de darle a las manzanas.
Pero hay otra lectura; la manzana (cogida del "árbol del conocimiento") representa el conocimiento, el descubrimiento de la verdadera naturaleza peleona y carnal de los animales humanos. Un conocimiento al que el pusilánime de Adán no tiene redaños de acceder y al que el Gran Arquitecto les quiere negar el acceso. La serpiente es un ser celestial que no quiere privar a los hombres del sentido crítico que da la sabiduría. Y Eva es la hembra firme que ama a Adán y que quiere ir, con él, más allá, que no se contenta con florecillas y manantiales de agua, con vivir una existencia devota en la felicidad ignorante propia del resto de los animalitos del bosque. Una mujer trágica que entiende su condición mucho mejor cuando cruje de placer y arruga a golpe de pelvis las hierbas del Edén que mirando puestas de sol entre oraciones y maitines.
De eso me acuerdo siempre que veo aparecer la imagen de esta nueva Eva. De la tentación, del conocimiento, del riesgo y sobre todo de nuestra bendita naturaleza libidinosa que nos lleva a entendernos mucho mejor que una misa de Pascua. Porque esta norteamericana de padres cubanos, de curvas desnudas (por más vestida que se encuentre), que de niña quería ser monja y sus devotos compañeros de clase se burlaban de sus dientes de conejo, que vota a Obama y que sería capaz de incendiar, no ya a una zarza sino a una piedra, a mí me abre todos los apetitos. Es ver a esa latina, con su piel oscura, su esponjosidad, su sonrisa de "aquí existo" y su porte de tentación divina y me echo directa, mientras la espero, a los brazos de la "Metafísica" de Aristóteles.
Yo, que, debo confesarlo, sólo como bollos muy de tarde en tarde, pero que nunca reniego de una buena tortilla española con más patata que huevos, siempre he creído que nada hay como una inteligente sesión de concupiscencia intensiva para entender el extraño orden de las cosas y que ese concepto sublime de la libertad, para decidir, para construirse, para errar y para elegir, es nuestro mayor patrimonio como seres humanos y que hay que defenderlo frente a tiranos, dioses viejos y economías de mercado.
¡Ay, Eva!...Imaginen ustedes el escenario; una cama arrugada, una hembra de nombre Eva (Mendes) sin más sobre su piel que los ojos del que la mira y que insiste, tienta y le seduce a convertir un tiempo en infinito y un mordisco en el paraíso. Y un Adán amante (Usted), embobado, decidido a comerse la manzana, los dos melones y el conejillo que pasa por ahí, creyendo que el que "tiran más dos tetas que dos carretas" no sólo es cierto, sino, además, enormemente instructivo. Y de la serpiente no se preocupe, que de esa ya me encargo yo...
Opina 19/01/2009 10:13
Por: Valérie Tasso
Etimológicamente, parece que el término "elegante" guarda una estrecha relación con la virtud de saber cosechar, de saber extraer lo mejor de lo que se ofrece. Por tanto, la elegancia es fundamentalmente un proceso de "selección"; el elegante sería aquel que "ha sabido escoger". Pero para que la elegancia sea completa, debe darse una segunda circunstancia; que el resultado de esa elección oculte los medios que hemos empleado para hacerla, que nada en lo "recolectado" refleje el esfuerzo (económico o de sabiduría) que hemos puesto en la elección correcta. En el caso de que este segundo punto se traicione, desaparece indefectiblemente el elegante y aparece el ostentoso (cuando se refleja el recurso económico empleado en la elección) o el pedante (cuando se transmite el recurso intelectual empleado en la conclusión) Sucede que vivimos tiempos en los que confundimos la elegancia con la ostentación. Nos creemos, porque así le interesa a los bobos que hacen del valor el precio o del talento poseído el dinero acumulado, que la elegancia es lo que brilla y no lo que es capaz de verse pese a los brillos.
En asuntos de vestir (o de desvestir, que también requieren de mucha elegancia) el primer logro del elegante es el de conseguir que nadie pueda reconocer nunca dónde se ha vestido; en cuanto el ostentoso parece un maniquí extraído furtivamente de un escaparate de Versace o lleva la marca de sus calzones a la vista, lo único que muestra es su patética incapacidad para comprar la elegancia.
A Victoria Carolina Adams, más conocida por su nombre de consorte, Victoria Beckam, algunos la consideran un paradigma de elegancia, pero yo más bien tiendo a creer que es un paradigma de lo que algunos consideran la elegancia. Así, más que un arquetipo de "la clase", a mí siempre me ha parecido un paradigma de una "clase social", de cómo entienden "la clase" aquellos de lo "posh", lo "chic" y lo "in", los pijoteras, los de la estudiada indiferencia, los que dedican más tiempo al espejo, la "estéticienne" y el Spa que a la vida y que hacen, además, ostentación de ese tiempo perdido.
La elegancia, eso también lo sabe el elegante, es un acto público pero también privado. Hasta eructando, el elegante no deja nunca de ser elegante, y no la veo yo a esta joven de imperiosa delgadez de rico (esa falta de carnes propia del que anda sobrado más de pasta que de macarrones), de senos redonditos y clavados al mentón, de dientes de ratoncillo, de rigidez de conde Drácula saliendo del féretro y pómulos de bola al hoyo quince en par 4, haciendo alardes de naturalidad. Por no imaginármela natural, ni siquiera la veo prestando una sonrisa... y una, mala, sospecha que el no sonreír pueda deberse al temor a que todo el armazón de elegancia montado se desarme y se desmorone sobre sus tacones del diez.
"Este país huele a ajo", parece que declaró un día. Y es cierto, aquí, como en Transilvania, tememos en demasía a los vampiros.
Valérie Tasso
12 de Enero de 2008
668 comentarios 12/01/2009 00:00
Por: Valérie Tasso
De niña, dentro del envase de un bollo de chocolate, venían unas estampitas que según como las ponías frente a tus ojos, podías ver una imagen u otra. Ridley Scott utilizó este efecto en Blade Runner, en una escena en la que en un panel publicitario la chinita anunciante de refrescos guiñaba un ojo al desplazarse la cámara por delante de ella. Y también Salvador Dalí, en su célebre retrato de Lincoln, y de alguna manera en el de Mae West, consigue este casi mágico efecto holográfico de tridimensionalidad y movimiento.
A mí, con Naomi Campbell, me pasa un poco lo mismo; según la luz incide en su retrato, veo una mujer extremadamente bella o veo una niñata rematadamente borde. Y por más que me esfuerzo en considerar que si una estampa ofrece dos imágenes, es porque las dos imágenes están contenidas en esa estampa, no logro evitar el ver una o la otra, porque cuando intento verlas juntas, sucede que no veo nada.

Así, si la mañana es clara y la luz me acompaña, veo a una londinense increíblemente hermosa que consigue, con 18 años, la primera portada para una mujer negra en el Vogue París (antes, posiblemente, las mujeres con su color de piel sólo tenían reservada las portadas del Nacional Geographic) Una mujer de belleza natural, sin aditamentos, gimnasios o dietas, que pide a gritos que la quieran, abandonada en su infancia por un padre al que no conoce y sólo medio acompañada por una madre bailarina que "gira" demasiado. Una joven con un cuerpo absolutamente colosal, presa de su hermosura, a la que no dejaron crecer los golpes de los "flashes", ni le permitieron estabilizarse emocionalmente los amores de pega (esos que vienen a oler, a lamer y a llevarse de un lengüetazo todo lo que puedan, pero que nunca se quedan) ni le dejó madurar la frivolidad de los tantos tontos que pasean mucho por la pasarela pero no van a ningún sitio. Y entonces, con esa luz, me enamoro un poquito de Naomi.
Pero sucede que llega el viento del Oeste, con su luz de media tarde y el falso holograma se gira, y me topo con la tía que ha hecho del invento de Antonio Meucci o de Alexander Graham Bell un arma de guerra. Que pega con fijos, móviles o BlackBerry con diamantes encastados, a todo aquel que está para servirle, pero que no es lo suficientemente siervo. Veo la tipa engreída, endiosada, boba, que no ha sabido hacer nada de su inmenso éxito y de su larguísima pasta. La malcriada sometida al síndrome de la pobre niña rica, que sólo llora y patalea y patea los huevos de todos, porque la criaturita quiere más y más y más. Y veo el paradigma de la insustancialidad que mariposea como una larva estéril de cama en cama buscando, en el nombre del amor, a esclavos que le limpien los pinchos de su corona. Y entonces me largo a cambiar mi billete de bajo coste por uno en la British Airways, la única compañía aérea que me asegura que no voy a encontrarme con ella en un vuelo atizando al piloto o a la azafata o al asmático que ronca a su lado...
Y, entonces, cesa el viento del Oeste y abro la despensa, y pienso en comer algo, y recuerdo lo hermosa que es la lata de sopa Campbell de Warhol y me encabrono al notar que ésta que abro tiene sabor de sopa de leches y demasiado tomate...
668 comentarios 07/01/2009 10:11
Por: Valérie Tasso
En el baile tradicional catalán, la sardana (que posiblemente se llama así por su origen sardo), suceden cosas muy curiosas. Los danzantes, agrupados en formación cerrada, operan en círculo y dan unos pasitos adelante y otros atrás, unos largos y otros cortos, al son estridente de la tenora. Pese a que los bailarines simulan un desplazamiento, la realidad es que no avanzan, se mueven pero no "progresan", circulan pero no se van. Entre los ambiciosos, hay muchas personas así; llenos de objetivos, que hacen muchos gestos, que remueven mucho el aire, pero que los ves condenados al síndrome de la mariposa nocturna que circunda el farol. Hay otros ambiciosos, sin embargo, que prefieren los desfiles militares en los que el paso de la oca, al son de la corneta, los lleva de, por ejemplo, Berlín a París o de Washington a Bagdad. Suelen ser personas con los objetivos muy claros, clarísimos, en los que el desplazamiento del punto A al B prima sobre la contemplación, y cuando un bache, piedra, o árbol, se cruza en el camino, no se paran a contemplarlo, sino que lo sortean, lo ignoran o lo eliminan. Estos no suelen dibujar polígonos cerrados y prefieren la línea recta.
Intuyo que Hillary Rodham Clinton, esta metodista metódica, es persona de las segundas, lo digo de buena fe. Su trayectoria vital dibuja perfectamente una escalera, donde cada escalón se sitúa detrás del que le antecede y anuncia al que precede y donde cada pie se apoya firme y cada músculo empuja lo que tiene que empujar hacia el siguiente peldaño. De maneras medidas, sin dejar de implicarse, con buena cintura sin ser maleable, con buenas tragaderas (por tragar ha tragado más que la Oval becaria) sin ser pusilánime, coqueta sin frivolizar, populista de las de club exclusivo, femenina sin olvidar que nada hay más masculino que una fémina decidida y cercana, pero gestionando siempre la distancia, Hillary es un tiro a gol, desde que se apoya el balón en el suelo hasta que éste empuja la red. La diferencia entre ella y otras consortes que pretenden su estilo, es eso, el estilo. Porque si no hay nada más patético que una consorte arribista sin talento, no hay nada más respetable que una que hace consorte al que no le faltó talento.
El desnudo de Hillary, debe ser el de una mujer que se desnuda poco. Ya sabemos, desnudarse en exceso distrae de la línea recta (quien tiene el culo al aire se arriesga a quedarse con el culo al aire) Quizá por eso, Hillary es una cara, un rostro (aquello que cubre y oculta el cerebro) sin extremidades. El imaginario que la retrata obvia el cuerpo que sustenta esa faz, y su rostro desnudo no muestra la desnudez de Hillary, sino lo que Hillary quiere mostrar desnudo.
Puede que sea cosa del frío, esa dificultad por imaginarla desnuda, del frío que hace allá arriba, en las cumbres... aunque para trayectoria, leyendas y cumbres yo prefiero otro Hillary, Sir Edmund, para casa blanca el Everest, para sherpa a Norgay (aunque el bueno de Bill no estaba mal) ...y para bailes, el "agarrao".
Opina 29/12/2008 17:52
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